Escrito por: Mauricio Belmonte Pijuan

El populismo tiene la capacidad de modificar y alterar los fundamentos del sistema democrático y los cimientos de la política exterior
No llega a ser un lugar común referir que el influjo del populismo en el estudio y análisis de las relaciones internacionales no ha merecido aún la atención de los estudiosos de esta disciplina, al menos de manera íntegra, para determinar su alcance y repercusión en la política exterior formulada por los países que adoptan esta ideología. Hasta el presente, pocos son los trabajos de investigación que vieron la luz y fueron expuestos en los anaqueles de librerías y sitios virtuales con el objeto de desarrollar in extenso las características principales de esta doctrina y su inserción en la política exterior de las naciones.
A juicio de Mudde, el populismo está clasificado como una ideología delgada, gracias a su capacidad de adaptarse con facilidad a otras doctrinas pre existentes en determinados contextos geográficos, políticos y sociales. Este mismo autor señala que el populismo presenta a la sociedad como un escenario de enfrentamiento inevitable entre dos actores antagónicos: el pueblo moralmente virtuoso y una oligarquía, classe supérieure, moralmente corrupta.
Ante esta condición, de fácil adaptabilidad y supervivencia exitosa en cualquier coyuntura y contexto nacional, el populismo ejerce una suerte de simbiosis para adherirse a propuestas políticas tan diversas como antagónicas entre sí que alcanzan los extremos, de tal manera no es de extrañarse que esta ideología se acomode a ideas de corte comunista o fascista, como también a pensamientos y programas nacionalistas y socialistas.
De acuerdo con Mair, los líderes populistas se presentan ante la sociedad como la única alternativa posible que puede contrarrestar y superar los programas políticos de los moderados, vale decir partidos de centro derecha y centro izquierda, quienes, bajo la óptica del pensamiento populista, propiciarían escenarios de descontento social e iniquidad económica, desoyendo las demandas populares.
Gidron y Hall aseveran que el populismo es el resultado de una percepción de marginación política, social y cultural que tiende a adquirir mayor volumen bajo la globalización. En estas circunstancias, la política exterior de un determinado país que incorpora a su praxis diaria un matiz populista, tiene como señal inequívoca la exposición pública del líder (Jefe de Estado) como el principal y definitivo policy maker, quien asume el rol distintivo de generar la conducción de los asuntos internacionales en función a sus intereses personales y preferencias político partidarias, deslegitimando la política exterior tradicional del país y desechando, con esta actitud unilateral, el empleo de la función diplomática, la cual, como es sabido, está encomendada como responsabilidad especifica del Ministro de Asuntos Exteriores y de un amplio, así como calificado, conjunto de técnicos y expertos profesionales formados en academias diplomáticas e institutos de Relaciones Exteriores.
Por lo demás, resulta oportuno poner en contexto cuáles son las condiciones que presenta el populismo y su afectación, o incidencia, en el desarrollo de las relaciones internacionales contemporáneas.
Siguiendo a Betti y Gratius, el populismo tiene la capacidad de modificar y alterar los fundamentos del sistema democrático y los cimientos de la política exterior, vigentes desde el establecimiento del orden liberal internacional, a raíz de la Segunda Guerra Mundial; en otras palabras: pone en cuestión el multilateralismo, los valores democráticos, la resolución de conflictos en el marco de las Naciones Unidas, así como la circulación de capitales, servicios, mercancías y personas.
Se vislumbran también ciertos rasgos comunes e identitarios en la política exterior gestionada por un régimen populista, que no duda en exaltar la reminiscencia de un supuesto pasado nacional glorioso, centrado en la soberanía estatal, libre de la interferencia de normas y leyes internacionales, y desconfía de programas y prácticas de cooperación e integración.
El populismo se nutre, además, de cuestiones inherentes a la dignidad e identidad de las personas, situación que ha generado cierta retórica y discursos que tienden a pedir el retorno de una agenda soberana nacionalista, y de manera paralela, enardecen sentimientos xenofóbicos y racistas, propensos a descalificar la presencia de individuos (colectividades extranjeras), pertenecientes a grupos étnicos diversos.
No en vano, los partidarios del populismo exponen prácticas agresivas y proclamas contrarias a la inmigración, que provienen de contextos considerados ajenos a su ser e identidad nacionales. A modo de ejemplo, se pueden mencionar los intereses nacionalistas del presidente estadounidense, Donald Trump, quien considera que el interés nacional debe predominar sobre los valores globales.
Asimismo, esta corriente de pensamiento, en el ámbito de la actual política exterior de Estados Unidos, interpone la interpretación excluyente del concepto de “americano auténtico”, como una premisa para edificar una relación de antagonismo entre los enemigos externos (migrantes latinoamericanos) y el pueblo “genuino”, representado por la clase trabajadora local de origen caucásico.
Walter Russell define al Tea Party y a Donald Trump como auténticos exponentes de una insurrección jacksoniana, concebida para debilitar la hegemonía del liberalismo internacionalista que se constituyó como base de la política exterior estadounidense, desde el periodo de la Guerra Fría, hasta los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.
En el caso de algunos países latinoamericanos, que optaron por insertar el populismo en el ámbito de su política exterior, se identifican aspectos que develan una estructura y andamiaje doctrinal sugerente.
Los regímenes políticos de Venezuela y Bolivia, a través de las figuras de Hugo Chávez y Evo Morales, respectivamente, propusieron a sus sociedades proyectos refundacionales (revolucionarios), con un fuerte rechazo al liberalismo, la globalización, y dispusieron de una plataforma político social para engendrar nuevos antagonismos entre la élite y el pueblo o, como lo sugiere Susanne Gratius, una confrontación agresiva entre amigos y enemigos, lo que se traduce en la identificación de Estados Unidos (en menor medida la Unión Europea) como el principal adversario.
En clara confrontación con la política internacional de Occidente, la lista de “amistades”, de ambos regímenes develan una red de aliados donde sobresalen países como Rusia, China e Irán, indicador que expone la intención de los mencionados gobiernos populistas latinoamericanos de robustecer los postulados de un sistema internacional multipolar, impulsado, sobre todo, por Pekín y Moscú.
Además, ambos gobiernos encumbraron una serie de entidades y organismos políticos de carácter regional para posicionar su legado político, por fuera de sus fronteras nacionales. Con ese cometido se gestó la Alianza para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR), entre otras iniciativas orientadas a gestar espacios de integración.
Otro aspecto relevante de esta política exterior “revolucionaria” tiene que ver con la crítica explícita hacia el capitalismo, el neoliberalismo económico y, como ya se mencionó, hacia la globalización.
En este contexto político, se emplean los órganos estatales (Ministerios de Relaciones Exteriores, embajadas y oficinas consulares), para propulsar la figura carismática de los líderes “revolucionarios”, diseminando mediante el servicio exterior del respectivo país, el pensamiento y la doctrina política concebida por el líder populista dominante.
Por otra parte, se extralimita el ejercicio de una diplomacia ad hoc, mediante la intervención directa del Jefe de Estado en los asuntos internacionales de su país, lo cual implica caer en la realización de actos de carácter oficial rutinarios, sin tomar en cuenta en la agenda de trabajo, los detalles inherentes al protocolo y la rigurosidad diplomática, abordando, de manera general, temas específicos y sensibles que requieren ser analizados y evaluados con esmero y profesionalidad.
Como se observa, el populismo es un fenómeno político que está presente en distintas regiones del planeta, y su incidencia en la política exterior debe ser considerada en los ámbitos de estudio, dada la naturaleza de su influjo y praxis, muchas veces perjudicial, en las relaciones internacionales.
Bibliografía consultada
Gratius, S. Rivero, A. 2021. Populismo y Política Exterior en Europa y América. Editorial Tecnos, Madrid, España.
Moreno Pino, I. 2022. La Diplomacia. Aspectos teóricos y prácticos de su ejercicio profesional. Secretaria de Relaciones Exteriores. Fondo de Cultura Económica, México.